Silvo 2 (sin fondo)

Silvo, Gran Señor de la vida y la naturaleza

La vida es un ciclo, hijos míos.

Nace, se desarrolla, se reproduce y muere.

Su muerte alimenta a otros, que a su vez alimentarán a más.

Cada nuevo episodio es un pequeño progreso, una adaptación, un paso.

La vida es frágil en sus inicios, pero imparable después.

Miles de generaciones os preceden. Otras miles os sucederán.

Vosotros, los druidas, defenderéis la vida. No la moral, ni las leyes.

No las emociones, ni las ideas.

Sólo la vida.

Silvo representa la naturaleza y la vida en su sentido más salvaje e indómito. Si bien es una deidad universalmente venerada tanto o más que otros dioses del panteón, con sus intereses y conflictos particulares, al ser la divinización de la vida misma resulta particularmente complejo estimar su antigüedad, entender su propósito último o atisbar rasgos del equivalente divino a la personalidad o el alineamiento. Sus preceptos son estrictos pero justos, y simboliza la esperanza no en la resurrección, sino en el renacimiento.

Sólo existe una forma de vida enemiga de Silvo, tan retorcida, corrupta y alejada de él que se considera un cáncer a exterminar. Los demonios, seres vivos que pueden nacer, desarrollarse y reproducirse, que respiran y comen, pero cuyo único fin es la destrucción, sometimiento o perversión de la vida a cualquier escala. Con todo, el mayor enemigo de la vida es lo que sus adeptos llaman la Muerte Estancada, aquella muerte que se desliga del ciclo de vida y renacimiento quedando atascada en el mundo como una herramienta impía y antinatural. Los muertos vivientes y los no-muertos, encabezados por su señor Nerogzof, son el mayor insulto y blasfemia contra el Ciclo Eterno, y su presencia es algo que ningún servidor de Silvo puede tolerar bajo ninguna circunstancia.

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