La naturaleza no es lo único que tiene leyes.
La inteligencia las tiene. La moral las tiene.
Todo lo que se aleja del caos, de lo aleatorio,
busca desesperado un orden, una estructura.
Es cierto que el relativismo moral existe:
lo que para unos es justo, para otros es barbárico,
lo que aquí se percibe como progreso, allí es involución,
el héroe de un reino es un genocida para su víctima,
e incluso un tratado de comercio puede esconder una agresión.
Por lo tanto, ¿cómo discernir la justicia?
¿Apelamos a la ley vigente, a la moral del juez,
al mal menor, a las consecuencias futuras,
o quizá al severo escrutinio de la historia?
No hay una respuesta evidente, ni un códice eterno,
no somos infalibles ni podemos contentar a todos,
pero nosotros, Jueces Itinerantes, llevamos el diálogo a lugares
exaltados, enseñamos el valor del debate, de la razón, del compromiso,
el estudio de la ley y la costumbre, de lo descartado y lo futurible,
y lo más importante, el llegar a consensos como base para el progreso,
a su revisión, su renovación conforme se suceden las generaciones,
a no vivir en constante conflicto por disputas sin fin.
La justicia, al final, es una autoridad.
Autoridad legal, moral, social.
Autoridad aceptada por la mayoría, ejercida para todos.
Autoridad cambiante, pero necesaria.
Sin ella, viviríamos desesperados.
Moriríamos en el caos.
Si bien se especula que en mayor o menor medida todas las deidades tienen conocimientos y dominio sobre la dimensión temporal del Multiverso, ninguna ha alcanzado el dominio de Corigo en este aspecto. También conocido como El Observador Insomne, El Conocedor de Secretos o La Visión Infinita, es el señor de adivinadores prescientes, monjes contemplativos, maestros de la meditación, seres espirituales, ascetas, filósofos y otros seguidores que buscan en él conocimientos y comprensión más allá de los límites marcados por el tiempo en que les ha tocado vivir.
El propósito de Corigo, su misión final, es quizá el más misterioso de todo el Panteón. No estando adscrito a ningún alineamiento ni a ningún orden específico, se desconoce si su constante escudriñar del tiempo busca algo en concreto, tal vez atisbar un determinado final, favoreciéndolo o evitándolo, o quizá algo más abstracto y complejo que las mentes mortales no pueden llegar a imaginar. Desde luego, la mayoría de círculos de pensamiento descarta que su propósito final sea algo tan banal como acabar prevaleciendo sobre el resto de dioses.