Tanarond 2 (sin fondo)

Tanarond, el Destructor de Ciudades

En Meltui disponíamos de seiscientos soldados,

hombres y mujeres, nobles unos, abyectos otros, pero leales.

Cuarenta magos ofrecían apoyo táctico y refuerzo,

y en torno a cien sacerdotes preparaban sus cánticos y curaciones.

 

Pese a la presencia de murallas, castillo y dos grandes ballestas,

hubo que reunirse y afrontar la realidad con calma:

las huestes de Tanarond nos quintuplicaban en número.

 

Su representante no ofreció parlamento,

no envió carta ni obró magia mensajera.

Se plantó ante la puerta, tan alto como las murallas,

con un garrote mayor que una de nuestras ballestas,

sonriendo con crueldad, esperando, junto a legiones de hombres a su espalda.

 

Al gigante no parecía importarle estar en primera línea,

ni tener cuarenta arqueros apuntando a sus ojos, su mentón y su

calva. Parecía desafiarnos a cada respiración, a cada vistazo,

casi deseando que le diéramos una excusa para atacar.

 

A pesar de que nuestra derrota era inevitable,

nos sabíamos capaces de causarles grandes bajas.

Cualquier estratega habría preferido evitarlo,

nos habría concedido prebendas a cambio de nuestra rendición.

Ellos no.

Se desconoce el propósito de Tanarond para el Multiverso. También conocido como El Destructor de Ciudades, parece seguir un impulso más orientado a erradicar todo aquello que no esté a su servicio que a establecer un dominio estable de los planos o a consumir todo cuanto exista. Algunos teóricos especulan que esta ambigua deidad se comporta como cabría esperar de un violento obsesivo que estuviera preparándose para afrontar algún tipo de eventualidad o prueba, haciendo acopio de fuerzas y librándose de todo aquello que no pueda controlar fácilmente. No obstante, todo esto debe interpretarse a escala divina, a un nivel de comprensión y trascendencia que nada tienen que ver con la psicología de los mortales.

A diferencia de otros dioses, Tanarond no tiene una presencia tan mayoritaria en los planos. No obstante, en aquellos en los que se manifiesta acaba por tener un impacto superlativo, y se le reconoce por su afán de conquista y reconquista sin descanso, liderando hordas fanáticas que no conocen la rendición, pero que no sucumben a la relativa simpleza descontrolada de las huestes demoníacas.

Shopping Basket